viernes, 16 de octubre de 2020

Intertextualidad: referencias, guiños y homenajes

Uno de mis aspectos favoritos del mundo globalizado es la facilidad de acceso a toda la actividad creativa del ser humano y la creación de una identidad global. No quiero decir con esto que esté a favor de dar de lado a nuestras tradiciones y sentido de pertenencia local, pero creo que la influencia de unas culturas en otras supone un factor de enriquecimiento. Un concepto similar a esta interculturalidad aplicado a la literatura es el de la intertextualidad. El desarrollo de este término se atribuye al filólogo de mediados del siglo XX Mijaíl Bajtín (Pérez Porto, 2020), aunque no es nuevo, sino que ha estado presente durante toda la historia de la literatura, pues todo texto escrito bebe de unas influencias previas.

La obra de la que más referencias se han hecho probablemente coincida con la más impresa y popular de la historia: la Biblia. Las alusiones a ideas bíblicas son abundantes en la cultura, tanto en la música, como en el cine (en películas como Pulp Fiction) y, sobre todo, en las artes plásticas. En la literatura, la Biblia juega un papel imprescindible en otras grandes obras como El nombre de la rosa o El código da Vinci. Separándonos de los textos sagrados, pero en la misma línea que las dos últimas novelas, encontramos El último catón, una novela cuya estructura toma como hilo conductor La Divina Comedia, a través de una serie de pruebas que se identifican con las diferentes partes de la obra de Dante Alighieri. En el panorama nacional, la obra más importante de nuestra tradición literaria es un perfecto ejemplo de intertextualidad. En Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes parodia el género de caballerías, haciendo ilusión a numerosas obras de este tipo como el Amadís de Gaula, al que Don Quijote describe como “norte y lucero de la caballería andante” (Marín Pina, 2013).

Guiño a la película Karate Kid (1984) en un fotograma de
la película de Disney Hércules (1997)

En el mundo audiovisual se me ocurren aún más ejemplos de esto que comento. Uno son las películas de Disney, en las que nunca faltan guiños de todo tipo, los llamados easter eggs (Engvalson, 2019). También me parecen muy ricas en este sentido las películas del Universo Marvel. Todos los aficionados de los superhéroes aplaudieron la referencia presente en la escena culminante de la película que ponía punto final a la saga (Vengadores: Endgame), citando la frase con la que acaba el primero de todos los filmes para cerrar un círculo con el que concluía de manera inmejorable una serie de más de veinte películas. El uso de las referencias para crear una atmósfera concreta se aprecia en otra de sus películas, Guardianes de la Galaxia, que traslada al espectador a la década de los ochenta por todas sus alusiones a la cultura ochentera y por su exquisita selección musical. Si nos ajustamos al término de intertextualidad en un sentido más estricto, se me ocurren dos ejemplos: la película de Tarantino Érase una vez en Hollywood, un regalo para todos los cinéfilos por sus menciones al cine clásico de los años sesenta (Tones, 2019); y El guardián de las palabras, toda una joya de los noventa (aunque no excesivamente conocida) cuyos personajes realizan a lo largo de la trama un recorrido a través de los grandes clásicos de la historia de la literatura, enlazándose los personajes y elementos de El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, La isla del tesoro y Moby-Dick, entre otros.

Por último, me gustaría hacer mención a un producto nacional como la serie de TVE El ministerio del tiempo, que consiguió un acercamiento único hacia su público gracias a un humor plagado de referencias a la cultura popular. Entre otros muchos aspectos, esta serie basa su riqueza en las influencias que recibe: experimenta con los géneros en cada capítulo (por ejemplo, hay un capítulo sobre Hitchcock plagado de recursos extraídos de su cine), menciona películas como Terminator, rinde homenaje a programas antiguos de la televisión española como Historias para no dormir y Un, dos, tres…, y alude constantemente a los versos de grandes escritores como Lope de Vega y Federico García Lorca. Todas estas influencias de la cultura popular cobran más importancia teniendo en cuenta que hablamos de una serie de viajes en el tiempo.

En definitiva, gracias a la intertextualidad los textos y obras fluyen en un universo común que contribuye a crear un gran imaginario colectivo del que bebemos todos. Los autores sacan partido de esto e incorporan citas y elementos externos, proponiendo un curioso juego intelectual al consumidor, que se encuentra ante sí el desafío de ser capaz de captar todas las referencias, ya sean explícitas o más sutiles, camufladas a lo largo de la obra.


Bibliografía:

¿Para qué sirve la literatura?

La primera clase de tendencias literarias que hemos tenido en el aula ha girado en torno a una pregunta que nos ha lanzado Javi: ¿para qué sirve la literatura? Esta cuestión me evocaba inevitablemente a mis clases de literatura del año pasado. Me recuerdo el año pasado en el instituto, rodeado de amigos y de apuntes, cuando mis preocupaciones tenían mucha más relación con la selectividad que con una inminente pandemia, algo que entonces sonaba más a ciencia ficción que a otra cosa. Y recuerdo a mi profesora de lengua, con la pasión que le caracterizaba solo en las clases en las que nos tocaba literatura, hablándonos de los modernistas y los autores de la Generación del 98.

La situación de crisis a finales del siglo XIX y comienzos del XX, da lugar en el panorama nacional a ese “choque de estilos” entre Modernismo y Generación del 98. Hablamos de dos corrientes bastante complejas, con muchas características, e incluso extensibles a varios campos artísticos. No obstante, su manera de afrontar la realidad de la época los convertía prácticamente en antagonistas. La respuesta de los modernistas a la crisis era la evasión, crear mundos lejanos y bellos en los que refugiarse del oscuro mundo que los rodeaba. Los autores del 98, por el contrario, optaban por una respuesta mucho más práctica, aplicando el sentido crítico en sus obras y algunos de ellos incluso proponiendo soluciones realistas. Daban, por lo tanto, respuestas muy distintas a la incógnita del sentido de la literatura.

Pero, ¿cuál de los dos bandos tenía razón, si es que alguno estaba en lo cierto? Desde mi punto de vista, simbolizan dos maneras de ver el mundo y la vida. Para los futboleros, a mi parecer representan algo parecido a esos entrenadores que persiguen la victoria a través de un juego más directo y a los que optan por buscarla a través del dominio de la posesión del balón. A un lado, el sentido práctico, la racionalidad y la ortodoxia. Al otro, la belleza como sentido en sí misma, la creatividad y la heterodoxia. Las ciencias y las artes. El cosmos y el caos.

Volviendo a la pregunta original, voy a lanzar una parecida con tal de responderla: ¿para qué sirve el amor? Hay quien dirá que, desde el punto de vista de perpetuación de la especie, garantiza la reproducción entre los individuos. Habrá también quien diga que es el camino que nos conduce a la felicidad. De nuevo estamos ante dos posturas. Al final todo es cuestión de puntos de vista, de la actitud que adoptamos a la hora de entender el mundo. Puede que las dos posturas sean necesarias, y que la tensión entre ellas tenga como consecuencia el equilibrio. Algo similar a lo que expresaba el antiguo concepto del yin y el yang. O puede que el verdadero sinsentido sea precisamente preguntarse por el sentido de conceptos, por otro lado tan imprescindibles en nuestras vidas, como el amor o la literatura.

Entre tren y tren

…Que la vida se nos va

como el humo de ese tren…

Las palabras de Fito son lo primero que escucho tras ponerme los cascos y darle a reproducir, al tiempo que subo al Renfe y me pongo cómodo en mi asiento. Pese a haber nacido y crecido muy lejos de Madrid, es aquí donde he acabado empezando mi primer curso en la Universidad. No es un cambio fácil para mí, alguien lento para adaptarse a las novedades, pero la anomalía de año que estamos viviendo me permite pasar más días a la semana en mi hogar, junto a mi familia y amigos, y asistir a clase desde mi ordenador. En cualquier caso, un trayecto muy largo me espera ahora de camino a casa.

“Pues parece que esto va a ser lo habitual…”, pienso a la vez que abro el portátil. Me dispongo seguidamente a escribir algo para mi clase de tendencias literarias. Nos han pedido que volquemos aquí todas las reflexiones que nos surjan en torno a la asignatura. Supongo entonces que tendré que sacarle partido a estos trayectos y aprovecharlos para escribir algo, si no quiero perder más tiempo cada semana. Porque me parece evidente que lo que no me va a faltar durante mis viajes en tren es tiempo de sobra para reflexionar…

De pronto me despierto. Sin darme cuenta, la pantalla de mi ordenador se ha apagado automáticamente y el tren acaba de llegar a su destino. John Lennon dijo una vez que “la vida es eso que pasa mientras estamos haciendo otros planes”. Mientras que mis padres me reciben en la estación, pienso que posiblemente tanto él como Fito tuvieran razón. Creo que, en mi caso, la vida es lo que pasa entre tren y tren.