“…Que
la vida se nos va
como
el humo de ese tren…”
Las palabras de Fito son lo
primero que escucho tras ponerme los cascos y darle a reproducir, al tiempo que
subo al Renfe y me pongo cómodo en mi asiento. Pese a haber nacido y crecido
muy lejos de Madrid, es aquí donde he acabado empezando mi primer curso en la
Universidad. No es un cambio fácil para mí, alguien lento para adaptarse a las
novedades, pero la anomalía de año que estamos viviendo me permite pasar más
días a la semana en mi hogar, junto a mi familia y amigos, y asistir a clase desde
mi ordenador. En cualquier caso, un trayecto muy largo me espera ahora de
camino a casa.
“Pues parece que esto va a ser lo habitual…”, pienso a la vez que abro el portátil. Me dispongo seguidamente a escribir algo para mi clase de tendencias literarias. Nos han pedido que volquemos aquí todas las reflexiones que nos surjan en torno a la asignatura. Supongo entonces que tendré que sacarle partido a estos trayectos y aprovecharlos para escribir algo, si no quiero perder más tiempo cada semana. Porque me parece evidente que lo que no me va a faltar durante mis viajes en tren es tiempo de sobra para reflexionar…
De pronto me despierto. Sin darme cuenta, la pantalla de mi ordenador se ha apagado automáticamente y el tren acaba de llegar a su destino. John Lennon dijo una vez que “la vida es eso que pasa mientras estamos haciendo otros planes”. Mientras que mis padres me reciben en la estación, pienso que posiblemente tanto él como Fito tuvieran razón. Creo que, en mi caso, la vida es lo que pasa entre tren y tren.
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