Odio a los putos mexicanos es un ejercicio crítico que lleva la hipérbole a su máxima expresión. Su autor, el mexicano LEGOM, realiza una denuncia contra la discriminación que sufren los inmigrantes en los EEUU, valiéndose de la sátira. Mientras la mayoría de obras con esta temática tienen como protagonistas a refugiados o inmigrantes, con cuyas historias pueden empatizar los lectores, esta nos ofrece el punto de vista opuesto, sin abandonar nunca su carácter extremadamente paródico.
Y es que, desde el comienzo, los elementos irónicos se suceden uno tras otro. La protagonista, que narra los acontecimientos en primera persona, se resta credibilidad constantemente a través de sus comentarios: desde sus carencias educativas al no haber ido al colegio en su infancia, hasta la contradicción que supone su relación amorosa con una mexicana, después de haber afirmado repetidamente lo mucho que los odia, pasando por sus errores a la hora de escribir algunos cultismos o la normalidad con la que habla de algunos disparates como el incesto que practicaba de niña con su hermano. Todos estos detalles que dan forma a la protagonista no son los únicos en los que la ironía se hace presente. El espacio de los hechos es igualmente importante pues, a medida que avanza el relato, vamos descubriendo que se trata del sur de los EEUU (seguramente Texas o sus proximidades), una zona tradicionalmente ligada a una ideología más conservadora. La xenofobia de los personajes no se puede desligar, por lo tanto, de ese perfil conservador, como podemos observar en el constante uso del término comunista como descalificativo para toda ideología distinta, en el cristianismo radical (pese al evidente desconocimiento religioso) o en el guiño con el nombre de un personaje al presidente del partido republicano Eisenhower. En último término, el resto de personajes son igualmente paródicos que la protagonista, hasta el punto de que la tía Laurie, apodada “la sensata”, acaba asesinando brutalmente a su marido en un arrebato de delirio.
Una vez enumerados algunos aspectos que convierten la obra de LEGOM en una parodia, me interesa preguntarme, ¿cuándo y por qué es útil el uso de la sátira y la ironía como instrumento crítico? Es evidente que la representación de la xenofobia no es verosímil, se trata de una parodia exagerada hasta el extremo. Porque, si bien la inmigración es un tema muy complejo, y su rechazo puede ser sostenido mediante argumentos de distinta índole, en la mayoría de los casos se edifica sobre un sentimiento primario generalizado: el de percibir como una amenaza todo aquello que es diferente a nosotros. Ese “miedo” torna en un odio sin fundamento, y esa es la materia prima con la que trabaja el autor, que lo toma y lo magnifica hasta caer en el absurdo. El resultado es una caricatura sumamente grotesca, tanto que espanta a un lector que, si bien sabe que una situación así no tiene cabida en el mundo civilizado, se da cuenta de que esta surge inspirada por actitudes con origen en nuestra sociedad. Y, en un mundo en el que las opiniones tienden a radicalizarse cada vez más, la obra nos muestra la tendencia que estamos siguiendo, y que podría llevarnos hasta un punto en el que nuestras opiniones caigan en tal extremismo que pierdan su carácter racional y coqueteen con el absurdo. Pero, creo que justo para eso sirven el humor y la sátira, para que la exageración de nuestros vicios nos permita ver desde fuera lo ilógico de muchas de nuestras propias actitudes.
Pienso que eso es lo que anda buscando Odio a los putos mexicanos. Hacer al lector ver lo absurdo que hay detrás del racismo y la xenofobia. Porque, si estamos de acuerdo en que un bien es propiedad de quien lo crea o de la persona que lo adquiere, no sé si los seres humanos nos pensamos creadores de la tierra o si creemos firmar un contrato de arrendamiento al nacer, pero lo cierto es que existe la concepción generalizada de que un territorio es propiedad de los nativos. Como si hubiesen llegado allí antes que nadie, o como si su nacimiento en un determinado lugar no respondiese a una cuestión meramente estadística. Es curioso, pero algo tan aparentemente carente de mayor fundamento es más que suficiente para levantar fronteras entre personas y civilizaciones. Fronteras imaginarias como las que separan los países (que, a fin de cuentas, son límites convenidos socialmente para la organización práctica del territorio), pero que van mucho más allá. Como en la obra, donde entre los personajes nativos y los inmigrantes hay una evidente barrera de consideración y respeto, que lleva a las personas a no percibirse como iguales entre ellos. Si el lugar donde nacemos enriquece nuestras relaciones interpersonales en vez de obstaculizarlas, si, como en el muro de Berlín, la fraternidad que nos une es mayor que las barreras que nos alejan, las fronteras acaban por derrumbarse.
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