Toda historia necesita para ser contada un punto de vista. Esto, aunque pueda parecer una obviedad, es de suma importancia en el discurso narrativo pues, igual que en nuestra vida, el punto de vista condiciona inevitablemente nuestra manera de entender unos determinados hechos. Sin esa relevancia de la perspectiva no se entiende que, por ejemplo, en el fenómeno de La casa de papel, los espectadores tomemos partido y hasta manifestemos admiración por sus protagonistas que, a fin de cuentas, son delincuentes. En cualquier serie policiaca, los miembros de la banda serían los antagonistas a los que la policía tiene que enfrentarse, pero al acercarnos a los hechos desde el punto de vista de los atracadores, esto no ocurre así. Sin embargo, el motivo de esta entrada no es hablar de La casa de papel, sino de dos obras que nos permitirán seguir desarrollando el tema de los puntos de vista.
Por un lado, quiero hablar de una novela: El sueño de
Berlín. Se trata de una novela juvenil escrita por Ana Alonso y Javier
Pelegrín, galardonada en 2015 con el XII Premio Anaya de Literatura Infantil y
Juvenil. A priori, podría parecer que no hay nada que destaque este libro del
resto de la literatura juvenil, ni siquiera es excesivamente conocido. Pero sí que
hubo un detalle en la forma en la que está escrito que me llamó la atención
cuando lo leí y que lo coloca como uno de los primeros ejemplos que acudieron a
mi mente cuando reflexionaba sobre este tema de los puntos de vista.
El libro en cuestión narra la historia de Ana, una
adolescente con TOC, y de Bruno, un compañero de clase que se cruza en su
camino. Mientras ambos van abriéndose paso en la vida del otro y dan comienzo a
una historia de amor, lo lectores asistirán a las dificultades que Ana afronta
día tras día por culpa de su trastorno, y a cómo los protagonistas perseguirán
su objetivo de disfrutar juntos del viaje de estudios. Ahora bien, lo realmente
curioso es la manera de enfocar la historia. La trama principal tiene dos
personajes principales, Ana y Bruno, y ambos son narradores. De este modo, los
adolescentes relatan su historia en primera persona, intercalando sus puntos de
vista entre cada capítulo. Así se establece una especie de diálogo entre ambos
personajes, que perciben los mismos hechos cada uno a su manera. Este método me
parece especialmente efectivo para acercarse a un tema como la enfermedad
mental y, concretamente, el TOC, pues queda de manifiesto el contraste entre
cómo percibe el mundo la persona que lo padece y otra externa que tiene sus
primeros acercamientos al trastorno. Cada capítulo nos ayuda a adentrarnos en
la mente de los dos personajes, y la diferencia entre ambos es muy notable, algo que también
se refleja en la propia forma de la redacción, como si realmente los capítulos
de Bruno y los de Ana hubieran sido escritos por personas diferentes, algo en
lo que seguramente haya tenido mucho que ver la aportación de los dos autores
en cuanto a sus propios estilos y matices.
La otra obra a la que voy a referirme es la película En el punto de mira. Se trata de una producción estadounidense de 2008, dirigida por Pete Travis, y que me genera un parecer muy en la línea al del caso anterior. La razón es que, en mi opinión, esta película podría pasar desapercibida como otra cualquiera del género de acción, policiaco o dramático, pero se distingue de las demás por su particular forma de estructurar la narrativa. La trama gira en torno a una visita del presidente estadounidense a la ciudad española de Salamanca con motivo de la celebración de una cumbre internacional, y en la que tiene lugar un atentado terrorista. Todo ocurre en un breve espacio de un par de horas, intervalo en el que un buen número de personajes participan de la acción en los momentos previos a la tragedia. La película se divide en varios fragmentos, en los que la historia se reinicia cada vez que va a llegar su desenlace y se cuenta cada vez desde el punto de vista de un personaje diferente. Así, el guion está construido de tal forma que, lo que al principio parece muy confuso y plantea muchos interrogantes, va desvelando nuevos detalles conforme se va conociendo la historia desde las diferentes perspectivas complementarias, manteniendo hasta el final el suspense sobre la verdadera identidad de los terroristas, y llegando un punto en el que la película por fin alcanza su clímax y los diferentes relatos individuales convergen en el desenlace de los hechos.
En definitiva, diría que esta película juega con la intriga y hace un ejercicio de originalidad para tratar un tema de alcance mundial como el terrorismo, uniéndose a la ola creativa que surgió en la industria cultural una vez asimilados los acontecimientos del 11S, y demostrando junto al otro título descrito previamente que explorar con los diferentes puntos de vista puede enriquecer la manera de contar una historia y dotarla de mucha más profundidad de la que a simple vista podría tener.
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