Hablar de Siglo mío; bestia mía es hablar de viaje personal, esto es algo que queda muy claro desde las primeras intervenciones de sus personajes. Y a la hora de plasmar la historia de este proceso interior, creo que es clave la forma en que se construye la obra. Desde mi punto de vista, el mayor valor que tiene es su simbolismo, pues se trata de una obra cargada de retórica, que constituye una metáfora en sí misma, y donde el papel predominante es ejercido por los diálogos, a través de los mensajes y las palabras. Este carácter hasta cierto punto logocéntrico facilita su consumo como pura literatura dramática, más allá de los teatros, sin que esto conlleve una pérdida de calidad de la experiencia. De esta manera, también se refuerza esta carga personal que mencionaba al principio, pues la constante presencia de alegorías y símbolos da pie a la libre interpretación de los mismos, de modo que cada individuo puede sentir su propio viaje personal identificado con el de la voz protagonista de Siglo mío; bestia mía.
La obra está formada por ocho escenas, en las que su protagonista es acompañado por el piloto durante su travesía, hasta que más tarde aparecerán otros personajes como el buzo o los niños. Por el camino, se tratan diferentes temas como el recuerdo, la violencia, el desamor… Aunque, una vez completada la lectura, creo que el aspecto más destacado de esta pieza probablemente sea su tratamiento de la crisis existencial. Ya lo dice la voz principal al comienzo, de lo que verdaderamente quiere hablar es de su “crisis personal”. Con sus reflexiones, este personaje me evocaba continuamente la sensación que produce la insignificancia de la existencia. Esa sensación que a veces nos ataca cuando nos sentimos engullidos por una multitud o ante una situación de duelo, causada por ejemplo por el desamor. De hecho, el desamor es crucial en la historia, pues condiciona el punto de vista de la voz protagonista, pero ese es otro tema. El caso es que el duelo es un momento de fragilidad del alma, y esto puede ser causa directa de este sentimiento al que me refiero, al darse cuenta el individuo de la nimiedad de su vida frente la eternidad del tiempo y del espacio, al observar directamente la eternidad. Si bien es cierto que la eternidad es un concepto inconcebible en todo su sentido para una experiencia limitada como la nuestra (solo podemos entenderlo como la ausencia de fin), es cierto que el simple hecho de intentar imaginarlo nos produce una especie de vértigo, pues resta todo el sentido a todas las metas y objetivos que nos marcamos a corto plazo, insignificantes respecto al infinito. Un vértigo como el que sentimos al asomarnos al borde de un abismo, que bien podría ser el miedo al olvido, el pánico que todos podemos llegar a sentir al pensar en la intrascendencia de nuestras vidas en la infinitud de la existencia. Creo que toda esta reflexión está íntimamente ligada, por ejemplo, con el significado de la frase que más me llamó la atención de la obra: “aquellos que [...] aunque se arrancaran los ojos para no ver, el mundo permanecería ciego para no verlos”.
Al final, con tal de escapar de la locura que nos produciría reparar en esto constantemente, todos nos refugiamos en el consuelo y amor de nuestros seres queridos, del mismo modo que la protagonista ansía la visita de su estrella. También me pareció muy acertado el tono irónico al tratar el desamor, refiriéndose a esos amores que se frustran cuando el amado no es otra persona, sino las ilusiones y anhelos del amante proyectados sobre ella, del mismo modo que la voz principal quiere ver en el buzo algo que claramente no es: un caballero. Sin embargo, mi escena predilecta fue, sin duda, la tercera, por el mensaje que transmitía. Esta parte habla de las velas, pues aunque “viento puede hacerte volar en el viaje de ida y convertirse en tu lastre en el de vuelta”, estas son el instrumento con el que poder cambiar la dirección del viento: “todo depende de la postura frente al viento”. De la misma manera ocurre en nuestra vida: hay una serie de circunstancias externas que nos condicionan y que no podemos cambiar, pero buena parte de nuestra fortuna acaba dependiendo de nuestra actitud, de la postura que adoptamos frente a esas circunstancias.
Concluyendo, creo que Siglo mío; bestia mía no es la obra más representativa del teatro postdramático. Si bien es cierto que presenta alguna de sus características —como la estructura fragmentaria, el abandono de la división tradicional en cinco actos o el rechazo de la verosimilitud— ese logocentrismo previamente mencionado me hace no desligarlo por completo de la tradición teatral occidental. Por lo tanto, reincido en la idea de que el valor de esta obra no está en la ruptura con el teatro clásico, ni en cualquier otro aspecto formal, sino en el contenido: el fondo de los diálogos, la evolución de los distintos personajes y los mensajes subyacentes a todos los elementos simbólicos, que, valga la redundancia, son susceptibles a gran cantidad de interpretaciones, en función del lector o espectador.
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