lunes, 11 de enero de 2021

Elementos de la narración en "La familia de Pascual Duarte"

En 1942, Camilo José Cela publica La familia de Pascual Duarte, una de las novelas más importantes del siglo pasado en español. Casi ochenta años más tarde, el tiempo nos da la perspectiva suficiente para poder apreciar la obra junto a su legado, que la coloca como una pieza imprescindible de la literatura nacional. Si bien la obra ha envejecido muy rápido, puesto que las expresiones y forma de hablar del momento (que el autor reproduce cuidadosamente en un ejercicio intencionado de costumbrismo) han quedado obsoletas y la hacen parecer más antigua de lo que es, también hay en ella lugar para juegos formales y experimentar con las formas de narración. El interés de esta entrada tiene que ver con estos últimos aspectos, así que veamos a continuación qué hay de peculiar en la estructura de una novela como La familia de Pascual Duarte.

El origen de la historia tiene lugar cuando un manuscrito es encontrado por azar en una farmacia de Almendralejo en el año 1939. Allí es recogido por un sujeto que se autodenomina transcriptor, y que se ocupa de ordenar y transcribir las hojas del manuscrito con las que se había topado. Estas corresponden a las memorias de Pascual Duarte, un delincuente condenado a muerte en el año 1937, y una carta en la que el mismo sujeto se dirige a don Joaquín Barrera, amigo del hombre por cuyo asesinato había sido condenado. En ella, explica la determinación de redactar sus memorias desde su celda en prisión para, de algún modo, redimirse de sus errores y limpiar su conciencia, y su decisión de dirigirse a él a modo de disculpa por el crimen contra su amigo. Tras acabar la transcripción de la narración, que se interrumpe de forma abrupta, el transcriptor lleva a cabo una labor de investigación sobre el final de la vida del convicto, investigación que queda documentada al final de la obra. De este modo, la estructura de la novela quedaría de la siguiente manera: en primer lugar, una nota del transcriptor; acto seguido, la carta original adjunta al relato en la que Pascual Duarte se dirige a don Joaquín Barrera, seguido de la cláusula del testamento de este último relativa al manuscrito; a continuación, las propias memorias de Pascual Duarte, escritas en primera persona, que constituyen el grueso de la obra; seguidamente, otra nota del transcriptor; y, por último, dos cartas dirigidas al transcriptor en las que se narra la muerte de Pascual desde dos puntos de vista diferentes.

Dentro de esta compleja estructura, que dota de verosimilitud a la historia inventada por Cela, encontramos varios elementos destacados del mundo narrativo. En cuanto al transcriptor, no es exactamente un narrador, sino que se trata más bien de una figura ficticia con la que el autor borra cualquier rastro de su presencia, algo recurrente en las narrativas a partir del siglo XX. Es, por decirlo así, la proyección del propio autor en el mundo imaginario de la novela. El narrador es Pascual Duarte, pues es el que cuenta su vida al lector en primera persona. Estamos hablando, por lo tanto, de un relato con focalización interna, al coincidir el narrador con el protagonista, e intradiegético, aunque otras figuras como el transcriptor ocupen un nivel extradiegético. En cuanto a don Joaquín, que a priori no tiene nada que ver con la historia contada por Pascual, se convierte curiosamente en narratario, pues es el destinatario de su escrito.

En definitiva, La familia de Pascual Duarte es una obra cuya peculiar estructura de capas la convierte en una obra de mayor riqueza literaria. Sin embargo, ¿todo este juego formal tiene algún fundamento o se debe simplemente a la voluntad arbitraria del autor? Pues, aunque el afán de Cela por experimentar con su narrativa es motivo más que suficiente, puede existir otra explicación. La novela se publicó durante la posguerra en España, es decir, en la etapa más autoritaria de la dictadura franquista. En sus páginas, el autor desarrolla la corriente del tremendismo, con imágenes crudas y atroces, y retrata la miseria de un pueblo sumido en el analfabetismo y la decadencia a través del costumbrismo. Mediante la construcción autobiográfica y la figura del transcriptor, el autor aleja en cierto modo la responsabilidad de su relato y se convierte en un mero intermediario. Disfraza la crítica de crónica o investigación documentada. Se trata de un método sutil, pero a la vista está que surtió el efecto deseado, pues la obra esquivó la censura del régimen y ha pasado a la posteridad como una de las más importantes de la literatura en castellano.

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