lunes, 11 de enero de 2021

"Función de noche" y el concepto de autoficción

La relación entre realidad y ficción puede parecer simple a priori, pero en otras ocasiones es realmente problemática. Por un lado, todos tenemos más o menos claro que la ficción es la creación de una realidad alternativa fruto de la imaginación, y dotada de un mayor o menor grado de verosimilitud. Ahora bien, ¿qué es la realidad? Una buena definición podría ser que lo real es todo aquello con entidad en el plano de la existencia. En la práctica, lo más sencillo es asumir que es real todo aquello que podemos ver, oír, sentir… Pero esto genera varios problemas de carácter ontológico, pues la ciencia ha demostrado que la percepción sensorial no es más que una interpretación subjetiva del mundo. Ni siquiera es una percepción común a todos los seres vivos, que podrán percibir una misma cosa de manera diferente en función de sus necesidades biológicas o sus características evolutivas. Y si todo pasa por el filtro de los sentidos, y cada individuo es diferente, tampoco sería lógico afirmar que todos los seres humanos compartamos una misma percepción del mundo. Por no hablar de conceptos más abstractos, que están al borde de lo que se puede considerar “real”. ¿Existen la tristeza, la belleza o el amor? Es complicado, y buena prueba de ello es la diferencia de respuestas que obtendríamos si preguntáramos a distintas personas por la existencia de energías, de espíritus o del alma. Esto no pretende ser un discurso relativista, o asegurar que nada es real, solo trato de afirmar que no podemos conocer la realidad en sí misma y, por lo tanto, que sus límites con la ficción son difusos.

Esos límites entre realidad y ficción entran en juego cuando se produce cualquier representación de la realidad. Más aún si, como en la mayoría del arte, esta representación es verosímil, o mimética. El espectador siempre desconoce el grado de realidad que el autor incluye a la hora de contar una historia (entendiendo como realidad la convención social acerca de lo que existe y lo que no), hasta el punto de que a veces desconfiamos más de la veracidad de una película afirma estar “basada en hechos reales” respecto a una que no. Mi proceso cuando vi Función de noche fue justo el inverso.

Esta película es un docudrama de la directora española Josefina Molina sobre un matrimonio en descomposición entre dos actores, rodada a comienzos de los ochenta. Cuando la vi, lo que más me impresionó fue el papel de Lola Herrera. Toda la manera de actuar parecía reforzar la experiencia o el sufrimiento detrás de sus intervenciones. La actuación me pareció brillante, pero mi sorpresa fue aún mayor cuando descubrí que el nombre de la actriz coincidía con el del personaje que interpretaba. Pensé que prestar su propia identidad al personaje para dotar de verosimilitud a la historia era un acto sumamente valiente e, intrigado, me dirigí a Internet para buscar más información sobre la actriz y la película en cuestión. Poco a poco, fui descubriendo más y más detalles de su biografía que coincidían con los que se mencionaban en la historia, hasta terminar concluyendo que no interpretaba un personaje, sino que hablaba de su propia vida. Por lo visto, la directora había conseguido reunir a Lola con su exmarido para que mantuvieran una conversación privada sobre su matrimonio frustrado, que fue íntegramente rodada usando cámaras ocultas para que no desviasen la atención de la pareja. Más allá de algunas escenas cortas que se rodaron para ilustrar el contexto, la conversación conformó el grueso principal de la cinta.

No se trataba de una biografía, ni de un reportaje documentado, pero esa conversación entre dos personas sobre su vida estaba lleno de autenticidad y me pareció un ejemplo paradigmático de autoficción. Todos los artistas vuelcan en su obra su mundo interior de alguna manera, todos reflejan en ella sus influencias, sentimientos y experiencias, pero los que se deciden a hacer autoficción van un paso más allá: cuentan su propia historia. Con más o menos adornos fruto de su imaginación, sí, pero su propia historia a fin de cuentas. De esta manera, en Función de noche no hay imágenes de los años que la pareja estuvo junta, no podemos ver los episodios a los que ellos se refieren, y ni siquiera podemos saber si eso que están diciendo es verdad, pero la veracidad se percibe de otra manera. Está detrás de cada expresión de su rostro, detrás de su mirada melancólica y detrás de su llanto, algo que, como he dicho antes, salta a la vista incluso antes de conocer cómo tuvo lugar la realización de esta película. No podemos estar seguros de que eso que dice es verdad, pero el espectador recibe el mensaje como cierto, es capaz de imaginar todas los momentos de los que se lamenta la protagonista, comprende su dolor y la acompaña durante el ejercicio de cicatrización de su pasado que lleva a cabo con ese diálogo.

La realidad es que el espectador no puede saber hasta qué punto es cierto lo que se le cuenta. Es más, me parece ilógico pensar que detrás de esa conversación no haya una cuidada preparación, y me cuesta pensar que los dos personajes sean tan elocuentes en una charla espontánea y natural. Pero puede que lo importante no sea preguntarse hasta qué punto lo que se cuenta es verídico, sino hasta qué punto es interesante contar algo verídico. Sea mayor o menor reflejo de la verdad, lo cierto es que Lola Herrera consigue con su testimonio hacernos empatizar y transmitirnos mucho más que si pudiéramos verlo con nuestros propios ojos y, de este modo, aprovecha para dar un mensaje mucho más profundo y ser la voz de una generación de mujeres que, con la llegada de los nuevos tiempos, se dieron cuenta de pronto de que anteponer siempre los intereses de los demás a su propia felicidad era injusto, y no necesitaban depender ni rendir cuentas ante nadie.

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