La trabajadora es una novela, cuanto menos, curiosa. Es una novela del día a día, que casa a la perfección con el ritmo de vida occidental que empuja a los individuos de un lado para otro como parte de su rutina cotidiana. La narrativa de Elvira Navarro resulta llamativa por eso, por como se detiene en los detalles y pormenores de la vida diaria, en las costumbres y pensamientos más banales, hasta que el propio lector se da cuenta de la absurdez en la repetición infundada de muchos de ellos. Desde el café de las cinco de la tarde, hasta los paseos o trayectos en bus recorriendo los rincones de Madrid. Con mucho sentido, esto va acorde a una de las intenciones de la autora detrás de este libro: prestar voz a su generación, mostrando cómo piensan, cómo sienten, cómo viven.
Esta es, de igual modo, una novela de su tiempo. Es una novela que no se conforma con ajustarse a los patrones tradicionales, sino que busca romper con algunos de ellos, y esto le lleva a compartir algunas características con otras obras de carácter vanguardista. En este sentido, la novela está muy marcada por su estructuración fragmentaria. Siguiendo esta idea, se divide en varias partes, diferentes y bien separadas entre sí. No es hasta que el lector avanza en la lectura cuando dispone de las herramientas necesarias para poder ir uniendo todos estos relatos diferentes, lo que contribuye a mantenerlo con expectación a lo largo de las páginas. También a esto me refería cuando decía que es una novela de su tiempo pues, de acuerdo con el carácter general de la historia, encaja muy bien con el ajetreo de la rutina diaria, dado que muchos de los capítulos tienen una extensión tan corta que pueden ser leídos aprovechando los breves momentos de espera que se generan al ir de un lado a otro, sin necesitar grandes cantidades de tiempo libre para terminar el libro.
Otra característica importante es la ausencia de rodeos en el lenguaje. La novela centra muchas veces su foco en aspectos que conciernen al ámbito de la obscenidad, especialmente relativos al sexo. Como consecuencia, la atención sobre el cuerpo humano es también bastante evidente, con descripciones y aclaraciones muy explícitas en varias ocasiones. De hecho, la segunda frase del libro ya marca terreno en este sentido: “Mi deseo se cifraba en que alguien me lamiera el coño con la regla en un día de luna llena”. Poco más se puede añadir.
Como conclusión, quiero hacerme eco de otra de las intenciones más evidentes de la novela. Una frase con la que concuerdo enormemente asegura que “una persona es ella misma y su contexto”. Elvira Navarro debe pensar lo mismo, visto el enfoque que hace en la novela sobre la salud mental. Es muy manifiesto que los trastornos mentales son uno de los temas principales del libro, pero la autora hace su contribución en este campo con un relato que presenta conjuntamente la alteración de la salud mental en nuestros días con el contexto social y económico que le rodea. Puesto que las circunstancias de cualquier individuo lo condicionan en todos sus aspectos, desde la toma de decisiones hasta el estado de ánimo, parece ilógico pensar que la salud mental no se rige por la misma norma, por lo que llevar a cabo una reflexión teniendo todo el contexto en cuenta resulta en un ejercicio inteligente.
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