lunes, 11 de enero de 2021

Psicosis 4:48

Psicosis 4:48 es una obra muy particular y seguramente no sea la idónea para iniciarse en la lectura de textos posdramáticos, pues lleva muchas de estas características modernas a un grado superlativo, resultando muy llamativo para el lector que no está habituado a estas formas de expresión. Por lo tanto, esta naturaleza le impide encajar del todo como pieza de literatura dramática. Como muchos textos teatrales experimentales, la palabra está subordinada por completo a la idea que el autor o autora quiere llevar al escenario y, por lo tanto, tuve la sensación de que la obra perdía bastante fuerza al contar solo con el texto, y no poder acompañarlo del resto de la función escénica que le complementa. Es una de esas piezas teatrales cuya representación escénica es indispensable en la idea con la que fueron concebidas, y cuya experiencia pierde significado fuera del teatro.

Pese a todo, el fondo de la obra salta a la vista. La intención de Psicosis 4:48 es representar la disfuncionalidad mental desde la propia disfuncionalidad mental. Es un retrato crudo y amargo, pero así es la vida de muchas personas que viven atormentadas por culpa de sus trastornos entre medicamentos, psiquiatras y fármacos químicos. Y, para entender cómo funciona una mente así, defiende la obra, hay que percibir el mundo como lo hace una mente así. El lector acompaña a su protagonista en esa espiral inagotable de la que no puede salir, y en la que los sentimientos de frustración, culpa, vulnerabilidad y soledad (con los que todos nos podemos sentir identificados) colman una mochila demasiado pesada con la que no puede cargar. En sus propias palabras: “La depresión es ira. Es lo que hiciste, quién estaba allí y a quién echas la culpa. [...] (Y yo me echo la culpa) a mí”.

Entre las características posdramáticas, encontramos varias a lo largo de la obra: la estructura fragmentaria, por la que la obra se compone de pedazos aparentemente inconexos entre sí; el interés por códigos multidisciplinarios, que se manifiestan en la hibridación de diálogos, secuencias numéricas y expresiones que rozan la lírica; predominio del caos como denominador común… Si entre todos estos tuviera que destacar uno solo, me quedaría con la exploración de la obscenidad. Esta se evidencia cuando se habla del cuerpo humano, pero, especialmente, con las intervenciones de la protagonista, en las que desarrollan diversos temas tabú, desde el deseo de la muerte, hasta las autolesiones, pasando por el trastorno y el suicidio, a cada cual más escalofriante, y que consiguen desestabilizar a aquel que los lee o escucha.

En definitiva, la obra de Sarah Kane transmite un mensaje ciertamente impactante, aunque ella probablemente solo deseara dejar constancia de su sufrimiento para liberarse en cierta manera de él. Tras leer Psicosis 4:48 al lector le queda el miedo de verse en una situación semejante, pues se plantea la posibilidad de que sea aún peor que la muerte. Según la lógica, y desde el punto de vista de una mente sumida en tan profunda depresión, la no existencia no tiene que percibirse como algo negativo. Al fin y al cabo, la existencia no es más que un producto de varias coincidencias aleatorias, y hay muchas otras cosas que no existen frente a las que sí. Si una persona puede llegar a aborrecer la suerte que ha desencadenado en su existencia, ¿hasta qué punto es mejor el sufrimiento que esa no existencia? Lo cierto es que para muchas personas no llega a compensar, como muestran los datos de suicidios. Yo, por el momento, seguiré firme en la convicción de que, cuando empiezan a aparecer este tipo de pensamientos suicidas en sus formas más básicas, siempre será conveniente compartirlos con alguien que no te juzgue o consultar a un especialista antes de sacar conclusiones precipitadas.

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