Las características formales de cualquier pieza artística son tan importantes como el contenido de la misma. La definen y determinan su naturaleza, hasta el punto de que incluso condicionan su significado. Por tanto, a la hora, no solo de analizar, sino simplemente de disfrutar una obra en su totalidad, es importante atender a la construcción formal de la misma. Eso es exactamente de lo que voy a hablar a continuación, tomando dos películas como ejemplo y desarrollando algunos aspectos de su discurso narrativo.
En primer lugar, tomaré una película de culto como El club de la lucha, de David Fincher. De un título tan conocido como este sobran las palabras, así que no es necesario referirse a su argumento en absoluto. Por encima de todo, destacarla como una crítica feroz a la sociedad consumista previa al cambio de siglo y a los atentados del once de septiembre. Si, como dice Toni Morrison, un mundo caótico debe contarse desde el caos, un mensaje tan rompedor y anarquista debe contarse a través de la anarquía, y eso es exactamente lo que hace David Fincher en El club de la lucha.
La construcción narrativa en esta película es un tanto peculiar, hasta el punto de que, cuando uno la ve por primera vez, la primera hora puede resultar muy confusa. Está contada desde la perspectiva del protagonista y un detalle muy significativo es que no se llega a decir su nombre. Este recurso puede deberse a la intención de no individualizar la historia en un personaje concreto, sino hablar de la realidad de una sociedad. Este personaje ejerce como narrador y nos cuenta detalles de su vida. Como digo, puede resultar confusa la primera vez (antes de conocer el trasfondo y desenlace de la película), pues la forma de narrar del protagonista se estructura de manera fragmentaria, y ante los ojos del espectador se van sucediendo escenas cuya conexión no está del todo clara, acompañadas de reflexiones no muy sencillas de interpretar. Este inicio tan particular podría catalogarse de incoherente y, sobre todo, muy bizarro, algo que se ajusta al caos que rige la obra.
Con el desenlace de la película, el espectador recibe las piezas necesarias para terminar de encajar el puzzle. Y esta pieza, si se me permite el spoiler, es Tyler Durden. Esa sensación de poca coherencia entre los hechos, las llamativas lagunas en la vida del protagonista, se explican a través de su trastorno de doble personalidad. De esta manera, el alter ego del protagonista, Tyler Durden consigue rellenar los huecos que se habían ido generando y dar un sentido al relato: todos los hechos que se iban omitiendo al espectador, de modo que luego no era capaz de conectar lógicamente las consecuencias, eran obra de Tyler, que no es más que el protagonista actuando desde esta personalidad. Al estar contado desde su punto de vista, los espectadores hacemos estos descubrimientos al mismo tiempo del personaje, lo que nos lleva a empatizar más fácilmente con su sorpresa.
Por otro lado, voy a referirme a un clásico del cine: Rebecca. Esta película de Alfred Hitchcock ya tiene ochenta años y es considerada como una de las obras cinematográficas más importantes de la Historia. En cuanto a su construcción narrativa, se trata de un elemento imprescindible para enfatizar el drama y sentó cátedra en este género.
Esta cinta está basada de una novela homónima de Daphne du Maurier. Mientras los autores novelísticos hacen uso de recursos narrativos como las voces narrativas o los recursos retóricos y estilísticos, el cine emplea otro lenguaje con sus propios códigos. En Rebecca, todo este lenguaje está enfocado al suspense. Hablamos de la iluminación, la música de misterio, los juegos de plano o el posicionamiento de la cámara y la construcción de la imagen buscando intencionadamente una sensación agobiante de claustrofobia. Todos estos elementos son muy recurrentes en el estilo de Hitchcock. Sin embargo, en mi humilde opinión, el recurso diferencial en esta película es otro. Me refiero al punto de vista con el que se cuenta la historia. Y es que esta no se cuenta desde una perspectiva objetiva, siguiendo por igual el desarrollo de todos los personajes, sino que presta una especial atención a su protagonista: la segunda señora de Winter que, además, ejerce como narradora cuando se utiliza el recurso de la voz en off al comienzo. El espectador sigue a la señora de Winter desde que entra en la casa, y la acompaña en su proceso de adaptación a su nuevo hogar. Del mismo modo, recibe a la misma vez que ella todos los estímulos relativos al fantasma de la primera esposa, que están por todas partes, y conforme se van acumulando alimentan la sensación de angustia que va encogiendo más y más al personaje. Creo que es un acierto elegir contar la visión subjetiva de la señora de Winter, y esta es una de las razones que la llevan a ser considerada un clásico, puesto que Rebecca es una película con poca acción, pero que mantiene en vilo al espectador por la tensión que no cesa. Al recibir los mismos estímulos y conocer los giros argumentales al mismo tiempo que la protagonista, el espectador comparte la presión que ella experimenta sobre sus hombros, lo que hace que el drama funcione tan bien.
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