miércoles, 25 de noviembre de 2020

Dos obras narrativas con más de un único punto de vista

Toda historia necesita para ser contada un punto de vista. Esto, aunque pueda parecer una obviedad, es de suma importancia en el discurso narrativo pues, igual que en nuestra vida, el punto de vista condiciona inevitablemente nuestra manera de entender unos determinados hechos. Sin esa relevancia de la perspectiva no se entiende que, por ejemplo, en el fenómeno de La casa de papel, los espectadores tomemos partido y hasta manifestemos admiración por sus protagonistas que, a fin de cuentas, son delincuentes. En cualquier serie policiaca, los miembros de la banda serían los antagonistas a los que la policía tiene que enfrentarse, pero al acercarnos a los hechos desde el punto de vista de los atracadores, esto no ocurre así. Sin embargo, el motivo de esta entrada no es hablar de La casa de papel, sino de dos obras que nos permitirán seguir desarrollando el tema de los puntos de vista.

Por un lado, quiero hablar de una novela: El sueño de Berlín. Se trata de una novela juvenil escrita por Ana Alonso y Javier Pelegrín, galardonada en 2015 con el XII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil. A priori, podría parecer que no hay nada que destaque este libro del resto de la literatura juvenil, ni siquiera es excesivamente conocido. Pero sí que hubo un detalle en la forma en la que está escrito que me llamó la atención cuando lo leí y que lo coloca como uno de los primeros ejemplos que acudieron a mi mente cuando reflexionaba sobre este tema de los puntos de vista.

El libro en cuestión narra la historia de Ana, una adolescente con TOC, y de Bruno, un compañero de clase que se cruza en su camino. Mientras ambos van abriéndose paso en la vida del otro y dan comienzo a una historia de amor, lo lectores asistirán a las dificultades que Ana afronta día tras día por culpa de su trastorno, y a cómo los protagonistas perseguirán su objetivo de disfrutar juntos del viaje de estudios. Ahora bien, lo realmente curioso es la manera de enfocar la historia. La trama principal tiene dos personajes principales, Ana y Bruno, y ambos son narradores. De este modo, los adolescentes relatan su historia en primera persona, intercalando sus puntos de vista entre cada capítulo. Así se establece una especie de diálogo entre ambos personajes, que perciben los mismos hechos cada uno a su manera. Este método me parece especialmente efectivo para acercarse a un tema como la enfermedad mental y, concretamente, el TOC, pues queda de manifiesto el contraste entre cómo percibe el mundo la persona que lo padece y otra externa que tiene sus primeros acercamientos al trastorno. Cada capítulo nos ayuda a adentrarnos en la mente de los dos personajes, y la diferencia entre ambos es muy notable, algo que también se refleja en la propia forma de la redacción, como si realmente los capítulos de Bruno y los de Ana hubieran sido escritos por personas diferentes, algo en lo que seguramente haya tenido mucho que ver la aportación de los dos autores en cuanto a sus propios estilos y matices.

La otra obra a la que voy a referirme es la película En el punto de mira. Se trata de una producción estadounidense de 2008, dirigida por Pete Travis, y que me genera un parecer muy en la línea al del caso anterior. La razón es que, en mi opinión, esta película podría pasar desapercibida como otra cualquiera del género de acción, policiaco o dramático, pero se distingue de las demás por su particular forma de estructurar la narrativa. La trama gira en torno a una visita del presidente estadounidense a la ciudad española de Salamanca con motivo de la celebración de una cumbre internacional, y en la que tiene lugar un atentado terrorista. Todo ocurre en un breve espacio de un par de horas, intervalo en el que un buen número de personajes participan de la acción en los momentos previos a la tragedia. La película se divide en varios fragmentos, en los que la historia se reinicia cada vez que va a llegar su desenlace y se cuenta cada vez desde el punto de vista de un personaje diferente. Así, el guion está construido de tal forma que, lo que al principio parece muy confuso y plantea muchos interrogantes, va desvelando nuevos detalles conforme se va conociendo la historia desde las diferentes perspectivas complementarias, manteniendo hasta el final el suspense sobre la verdadera identidad de los terroristas, y llegando un punto en el que la película por fin alcanza su clímax y los diferentes relatos individuales convergen en el desenlace de los hechos.

En definitiva, diría que esta película juega con la intriga y hace un ejercicio de originalidad para tratar un tema de alcance mundial como el terrorismo, uniéndose a la ola creativa que surgió en la industria cultural una vez asimilados los acontecimientos del 11S, y demostrando junto al otro título descrito previamente que explorar con los diferentes puntos de vista puede enriquecer la manera de contar una historia y dotarla de mucha más profundidad de la que a simple vista podría tener.

¿Es 'El Padrino' un blanqueamiento de la mafia?

En literatura, como en cualquier otra expresión artística, ética y estética son dos elementos que se trenzan entre sí como los hilos que conforman un tejido en la complejidad de la obra. Dos ingredientes que, aunque a veces casan a la perfección, otras representan dos pulsiones opuestas que se manifiestan en tensión. Ahora bien, ni que decir tiene que este hecho es totalmente independiente de la calidad de una obra. Quisiera ejemplarizar este asunto con un título concreto, y para ello no se me ocurre nada mejor que una de las películas más paradigmáticas de la historia del cine: El Padrino.

Cuando uno piensa en la mafia, es muy probable que piense en un aspecto muy sesgado de la realidad. Una demostración clara es la connotación positiva de la palabra capo en la jerga argentina, donde adopta la acepción “ser un crack, ser el mejor en algo”. Y parece muy evidente que tanto la película de Coppola como la novela original de Mario Puzo han tenido mucho que ver con la construcción de este imaginario. Un imaginario, como digo, muy sesgado, pues la realidad cuando hablamos de 'mafia' es que hablamos de 'muerte'. Hablamos, me reitero, de una organización criminal que durante décadas tiranizó la vida de generaciones de familias italianas. Estuvieron implicados en tramas de contrabando, de sobornos y corrupción, obligaron a los negocios locales a pagar tasas mensuales a través de la extorsión y asesinaron brutalmente a quien trató de hacerles frente (Cassetta, 2019). Casi nada.

El Padrino es una película que no necesita presentación, así que me ahorraré realizar una breve sinopsis. No quiero que dé la sensación, sin embargo, de que mi discurso parezca orientado a transmitir un mensaje tan superficial como que El Padrino hace una apología de la violencia o algo por el estilo. Ya habló Stuart Hall (2004) del recurso de la violencia en el discurso televisivo, explicando que los patrones tan marcados de géneros como el western evitaban que la violencia fuera tomada como modelo de imitación por los más pequeños, pues, inconscientemente, lo interiorizaban del mismo modo que una metáfora o una fábula. Trasladado a la actualidad, me recuerda a lo que hace Tarantino, quien, a pesar de abusar de este recurso, diseña una violencia hiperbolizada, con tal de reforzar en el espectador la sensación de distanciamiento entre ficción y realidad. Pienso que el problema ético va en otra dirección, idea que desarrollo a continuación.

Hace un par de veranos fui de viaje a Sicilia. Todo aquel que visite la isla italiana no tendrá que fijarse mucho antes de que le llame la atención la omnipresencia de El Padrino en cada rincón. La banda sonora ambienta todas las plazas, mientras cada puesto callejero o tienda de souvenirs exhibe una larga hilera de figuritas cabezonas de Vito Corleone. Es lógico, los símbolos de El Padrino son reconocidos internacionalmente y llevan a Sicilia miles de turistas al año, los locales solamente sacan partido de esto. Pero esa omnipresencia va más allá, es algo que se siente en la atmósfera única del lugar. La razón que más me convence es que la obra es un excelente retrato de las costumbres, el carácter y la cultura italiana. Lo que no podemos olvidar es que, a través de un ambiente maravillosamente plasmado en la pantalla, también representa un mundo oscuro y siniestro, oculto tras los márgenes de la ley. Y, por el punto de vista desde el que se cuenta la historia, conduce al espectador a asociar la mafia a conceptos como el honor, la elegancia y el respeto de la familia, cristalizando en una imagen hasta cierto punto romántica de asociaciones como la Cosa Nostra.

En definitiva, no creo que ningún italiano (subrayo el factor subjetivo porque en realidad no me siento con la potestad de hablar en nombre de todo un país, menos sin ser el mío) tenga razones para sentirse ofendido al ver El Padrino. Cualquiera que haya visto la trilogía con un mínimo de atención puede estar de acuerdo, matizaciones aparte, en que las películas realizan una crítica de ese mundo macabro de lo prohibido, y que la forma que adopta la trama no es más que la de una tragedia que compensa los actos de los personajes al pagar a cada uno con su merecido (SensaCine, 2020). Pero, como es normal, buena parte del público no asume un rol analítico o reflexivo cuando ve una película, sino que va buscando el entretenimiento y la relajación. Y, más allá de esta situación, que en una película de las características de El Padrino es más difícil que se dé, también es común que gran multitud de las personas que conocen la obra no hayan leído la novela ni visto la película, de modo que solo se ven impregnados del imaginario colectivo. Trasladado al panorama nacional, es similar a lo que ocurre con las representaciones cinematográficas de ETA pues, independientemente del punto de vista con el que se narren los hechos, en España todos los espectadores tienen el trasfondo cultural necesario para entender el matiz crítico. Por lo tanto, mi conclusión es la importancia de no quedarse en la superficie cuando de conocer un tema se trata, pues el cariño que se pueda tener a personajes como Vito o Michael no puede traducirse en la frivolización de un problema que aún en la actualidad no está totalmente erradicado (Cassetta, 2019), pese a que en los noventa se destapara una trama de magnitudes nacionales que consternó a todo un país.


Bibliografía:

viernes, 16 de octubre de 2020

Intertextualidad: referencias, guiños y homenajes

Uno de mis aspectos favoritos del mundo globalizado es la facilidad de acceso a toda la actividad creativa del ser humano y la creación de una identidad global. No quiero decir con esto que esté a favor de dar de lado a nuestras tradiciones y sentido de pertenencia local, pero creo que la influencia de unas culturas en otras supone un factor de enriquecimiento. Un concepto similar a esta interculturalidad aplicado a la literatura es el de la intertextualidad. El desarrollo de este término se atribuye al filólogo de mediados del siglo XX Mijaíl Bajtín (Pérez Porto, 2020), aunque no es nuevo, sino que ha estado presente durante toda la historia de la literatura, pues todo texto escrito bebe de unas influencias previas.

La obra de la que más referencias se han hecho probablemente coincida con la más impresa y popular de la historia: la Biblia. Las alusiones a ideas bíblicas son abundantes en la cultura, tanto en la música, como en el cine (en películas como Pulp Fiction) y, sobre todo, en las artes plásticas. En la literatura, la Biblia juega un papel imprescindible en otras grandes obras como El nombre de la rosa o El código da Vinci. Separándonos de los textos sagrados, pero en la misma línea que las dos últimas novelas, encontramos El último catón, una novela cuya estructura toma como hilo conductor La Divina Comedia, a través de una serie de pruebas que se identifican con las diferentes partes de la obra de Dante Alighieri. En el panorama nacional, la obra más importante de nuestra tradición literaria es un perfecto ejemplo de intertextualidad. En Don Quijote de la Mancha, Miguel de Cervantes parodia el género de caballerías, haciendo ilusión a numerosas obras de este tipo como el Amadís de Gaula, al que Don Quijote describe como “norte y lucero de la caballería andante” (Marín Pina, 2013).

Guiño a la película Karate Kid (1984) en un fotograma de
la película de Disney Hércules (1997)

En el mundo audiovisual se me ocurren aún más ejemplos de esto que comento. Uno son las películas de Disney, en las que nunca faltan guiños de todo tipo, los llamados easter eggs (Engvalson, 2019). También me parecen muy ricas en este sentido las películas del Universo Marvel. Todos los aficionados de los superhéroes aplaudieron la referencia presente en la escena culminante de la película que ponía punto final a la saga (Vengadores: Endgame), citando la frase con la que acaba el primero de todos los filmes para cerrar un círculo con el que concluía de manera inmejorable una serie de más de veinte películas. El uso de las referencias para crear una atmósfera concreta se aprecia en otra de sus películas, Guardianes de la Galaxia, que traslada al espectador a la década de los ochenta por todas sus alusiones a la cultura ochentera y por su exquisita selección musical. Si nos ajustamos al término de intertextualidad en un sentido más estricto, se me ocurren dos ejemplos: la película de Tarantino Érase una vez en Hollywood, un regalo para todos los cinéfilos por sus menciones al cine clásico de los años sesenta (Tones, 2019); y El guardián de las palabras, toda una joya de los noventa (aunque no excesivamente conocida) cuyos personajes realizan a lo largo de la trama un recorrido a través de los grandes clásicos de la historia de la literatura, enlazándose los personajes y elementos de El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde, La isla del tesoro y Moby-Dick, entre otros.

Por último, me gustaría hacer mención a un producto nacional como la serie de TVE El ministerio del tiempo, que consiguió un acercamiento único hacia su público gracias a un humor plagado de referencias a la cultura popular. Entre otros muchos aspectos, esta serie basa su riqueza en las influencias que recibe: experimenta con los géneros en cada capítulo (por ejemplo, hay un capítulo sobre Hitchcock plagado de recursos extraídos de su cine), menciona películas como Terminator, rinde homenaje a programas antiguos de la televisión española como Historias para no dormir y Un, dos, tres…, y alude constantemente a los versos de grandes escritores como Lope de Vega y Federico García Lorca. Todas estas influencias de la cultura popular cobran más importancia teniendo en cuenta que hablamos de una serie de viajes en el tiempo.

En definitiva, gracias a la intertextualidad los textos y obras fluyen en un universo común que contribuye a crear un gran imaginario colectivo del que bebemos todos. Los autores sacan partido de esto e incorporan citas y elementos externos, proponiendo un curioso juego intelectual al consumidor, que se encuentra ante sí el desafío de ser capaz de captar todas las referencias, ya sean explícitas o más sutiles, camufladas a lo largo de la obra.


Bibliografía:

¿Para qué sirve la literatura?

La primera clase de tendencias literarias que hemos tenido en el aula ha girado en torno a una pregunta que nos ha lanzado Javi: ¿para qué sirve la literatura? Esta cuestión me evocaba inevitablemente a mis clases de literatura del año pasado. Me recuerdo el año pasado en el instituto, rodeado de amigos y de apuntes, cuando mis preocupaciones tenían mucha más relación con la selectividad que con una inminente pandemia, algo que entonces sonaba más a ciencia ficción que a otra cosa. Y recuerdo a mi profesora de lengua, con la pasión que le caracterizaba solo en las clases en las que nos tocaba literatura, hablándonos de los modernistas y los autores de la Generación del 98.

La situación de crisis a finales del siglo XIX y comienzos del XX, da lugar en el panorama nacional a ese “choque de estilos” entre Modernismo y Generación del 98. Hablamos de dos corrientes bastante complejas, con muchas características, e incluso extensibles a varios campos artísticos. No obstante, su manera de afrontar la realidad de la época los convertía prácticamente en antagonistas. La respuesta de los modernistas a la crisis era la evasión, crear mundos lejanos y bellos en los que refugiarse del oscuro mundo que los rodeaba. Los autores del 98, por el contrario, optaban por una respuesta mucho más práctica, aplicando el sentido crítico en sus obras y algunos de ellos incluso proponiendo soluciones realistas. Daban, por lo tanto, respuestas muy distintas a la incógnita del sentido de la literatura.

Pero, ¿cuál de los dos bandos tenía razón, si es que alguno estaba en lo cierto? Desde mi punto de vista, simbolizan dos maneras de ver el mundo y la vida. Para los futboleros, a mi parecer representan algo parecido a esos entrenadores que persiguen la victoria a través de un juego más directo y a los que optan por buscarla a través del dominio de la posesión del balón. A un lado, el sentido práctico, la racionalidad y la ortodoxia. Al otro, la belleza como sentido en sí misma, la creatividad y la heterodoxia. Las ciencias y las artes. El cosmos y el caos.

Volviendo a la pregunta original, voy a lanzar una parecida con tal de responderla: ¿para qué sirve el amor? Hay quien dirá que, desde el punto de vista de perpetuación de la especie, garantiza la reproducción entre los individuos. Habrá también quien diga que es el camino que nos conduce a la felicidad. De nuevo estamos ante dos posturas. Al final todo es cuestión de puntos de vista, de la actitud que adoptamos a la hora de entender el mundo. Puede que las dos posturas sean necesarias, y que la tensión entre ellas tenga como consecuencia el equilibrio. Algo similar a lo que expresaba el antiguo concepto del yin y el yang. O puede que el verdadero sinsentido sea precisamente preguntarse por el sentido de conceptos, por otro lado tan imprescindibles en nuestras vidas, como el amor o la literatura.

Entre tren y tren

“…Que la vida se nos va

como el humo de ese tren…”

Las palabras de Fito son lo primero que escucho tras ponerme los cascos y darle a reproducir, al tiempo que subo al Renfe y me pongo cómodo en mi asiento. Pese a haber nacido y crecido muy lejos de Madrid, es aquí donde he acabado empezando mi primer curso en la Universidad. No es un cambio fácil para mí, alguien lento para adaptarse a las novedades, pero la anomalía de año que estamos viviendo me permite pasar más días a la semana en mi hogar, junto a mi familia y amigos, y asistir a clase desde mi ordenador. En cualquier caso, un trayecto muy largo me espera ahora de camino a casa.

“Pues parece que esto va a ser lo habitual…”, pienso a la vez que abro el portátil. Me dispongo seguidamente a escribir algo para mi clase de tendencias literarias. Nos han pedido que volquemos aquí todas las reflexiones que nos surjan en torno a la asignatura. Supongo entonces que tendré que sacarle partido a estos trayectos y aprovecharlos para escribir algo, si no quiero perder más tiempo cada semana. Porque me parece evidente que lo que no me va a faltar durante mis viajes en tren es tiempo de sobra para reflexionar…

De pronto me despierto. Sin darme cuenta, la pantalla de mi ordenador se ha apagado automáticamente y el tren acaba de llegar a su destino. John Lennon dijo una vez que “la vida es eso que pasa mientras estamos haciendo otros planes”. Mientras que mis padres me reciben en la estación, pienso que posiblemente tanto él como Fito tuvieran razón. Creo que, en mi caso, la vida es lo que pasa entre tren y tren.